Comunicación, Reputación y Asuntos Públicos

Cómo comunicar Europa: agenda, narrativa y buenas políticas

Cómo comunicar Europa: agenda, narrativa y buenas políticas

¿Por qué Europa no llega a los ciudadanos? Comunicar a 550 millones de habitantes en 23 lenguas diferentes no es fácil. Sin una Opinión Pública Europea, ¿cómo construir un relato que ilusione?

Vaya por delante la dificultad del empeño: comunicar a más de 500 millones de habitantes, con 23 lenguas diferentes y distinta historia, sensibilidades y, a veces, intereses. Para empezar, carecemos de un demos europeo, no hemos logrado todavía dar forma a una Opinión Pública Europea, esa plaza pública que permite que fluya la comunicación. Tampoco hay medios de vocación y ámbito de influencia europea que faciliten la labor.

Y, sin embargo, Europa necesita hoy más que nunca un relato que ilusione. Pero no se trata de bellas palabras que iluminen discursos y convenciones, palabras que a fuer de repetirlas se conviertan en un mantra adormecedor; se trata de inspirar políticas concretas comprometidas, solidarias y armónicas con esos valores que entre todos estamos impulsando y que el sentido común dice que son esos y no otros los que nos llevarán por un camino cuando menos transitable.

Errores de estrategia, de mensaje y portavoces inadecuados

La comunicación es muy importante, pero sola no arregla nada: no endereza políticas ni gana voluntades si hemos cometidos errores o tomado caminos equivocados. Los problemas de comunicación, derivados de políticas alejadas de las preocupaciones sociales y el hecho de que muchos ciudadanos sientan que cada vez ceden más poder a unas instituciones en las que no se ven representados, están lanzando el populismo y el rescate de los discursos nacionalistas.

Tenemos, además, una Unión Europea donde está ocurriendo una tormenta perfecta, al verse azotada por una multicrisis, (institucional, económica y política) y en un impasse institucional que la mantiene en estado vegetativo: viva, pero sin síntomas de mejoría. Esa crisis múltiple ha hecho que el proceso de producción política esté lejos de ser transparente y participativo, y la toma de decisiones se complejiza.

Tampoco ayuda a facilitar las cosas que la Unión sea cada vez más intergubernamental y menos comunitaria; que, no obstante el esfuerzo unificador de la comunicación europea, pervive una selva de instituciones y organismos que más parecen competir entre sí. Y a la gente no le interesa cómo funcionan las instituciones europeas, sino que funcionen, que sean eficaces y que los ciudadanos noten sus efectos.

¿Quién comunica?

  • Los políticos que marcan la agenda, pero no hablan de Europa. No existe una esfera pública europea.
  • Los comisarios: más pendientes de los gobiernos, con lenguaje diplomático y poco gancho periodístico.
  • Los líderes políticos: discursos siempre en clave nacional, no aportan materia prima para el enfoque europeo.
  • Los eurodiputados: intervenciones y propuestas en muchas ocasiones en clave nacional o iniciativas fuera de sus competencias, lo que no se traduce en acción de gobierno.

¿Qué se comunica?

  • Los comisarios, obsesionados por llenar las agendas diariamente, lanzan iniciativas de comunicación de dudoso interés inmediato (la inmediatez en una clave de los medios).
  • A veces debates atractivos en el Parlamento pero de no mayor interés que el que pudiera tener una tertulia (por su repercusión social).
  • Iniciativas, propuestas, actuaciones… Con el procedimiento hemos chocado. La incompresible complejidad de la toma de decisiones en la UE.

La dificultad de conseguir sentimientos identitarios

¿Cómo conseguir sentido de pertenencia? He ahí la cuestión. Porque ese sentimiento es clave para el avance del proceso de construcción europeo. Pero, por obvias razones históricas, los ciudadanos europeos no han sido educados en el amor a la patria Europa. No existe tal patria, sino historia de violencia y desencuentros que están la raíz de la idea de una Europa unida.

Anotemos también ese peligroso filtro nacional que aplican políticos y periodistas. Los éxitos son nacionales, los fracasos siempre europeos. Ese filtro nacional favorece las pulsiones desintegradoras. Sin preguntas formuladas desde una cosmovisión europea, nos quedamos sin saber cómo y en qué los resultados del Consejo han afectado al conjunto de esa comunidad de destino que llamamos UE.

El riesgo de la desintegración que se acrecienta con esos líderes que se ausentan de los compromisos colectivos, los que se colocan las medallas del dinero de la solidaridad ajena y que corren prestos a señalar hacia Bruselas al menor contratiempo. Y se acrecienta también con esos periodistas que preguntan una y otra vez por asuntos domésticos y de partido tras una reunión del Consejo Europeo.

El discurso europeo, pues, desaparecido por la inhibición de políticos y periodistas. La liturgia del Consejo pasa por 28 ruedes de prensa de cada uno de los 28 jefes de estado y de gobierno, con una lectura nacional (¿cuánto hemos ganado o perdido?) y nunca en clave comunitaria, de proyecto compartido.

La Comunicación basada en nuestros valores y la eficacia en la gestión

Y la conclusión es clara: la identidad europea sólo puede construirse en base a nuestros valores y a la eficacia en la gestión derivada de la bondad de compartir. Olvidemosnos de fabricar relatos que nuestra convulsa historia nos devuelve.  El  único relato posible es la conciencia de que  los desafíos actuales no los pueden resolver los estados miembros individualmente y para resolverlos necesitamos una Europa más fuerte.

La globalización nos sitúa frente al espejo y sólo una comunidad política y económica bien coordinada y con crecientes cesiones de soberanía en una línea federalizante nos situará en condiciones de competir con éxito.

El otro soporte sobre  el que construir nuestra política de comunicación son nuestros valores, los que han convertido a Europa en un referente mundial en defensa de los derechos humanos (con todos los matices) o han llevado a otros líderes a pedir que el estado del bienestar europeo sea declarado patrimonio inmaterial de la Humanidad. La comunicación europea debería incluir siempre de manera implícita o explícita la convicción en que sus valores son simplemente los mejores.

12 claves para una comunicación eficaz

  • Seleccionar muy bien los temas para evitar que se puedan levantar nuevas aristas.
  • Pongámonos a trabajar en temas básicos relacionados con la gente, con los jóvenes, asuntos llamados a transformar en positivo nuestras sociedades.
  • Hay que escuchar y entender a la opinión pública, y propone relatos de contenido claro, emocional y honesto, con historias reales que apunten directamente a los ciudadanos.
  • No dejar la comunicación siempre a los gobiernos (su perspectiva europeísta está sesgada). Movilizar muchos más actores nacionales que hablen de temas europeos.
  • Relación directa con los ciudadanos a través de los nuevos medios y las redes sociales.
  • No hay mejor aliado que un periodista bien informado. Europa necesita periodistas más formados y las instituciones deben facilitarle su trabajo con honestidad.
  • La comunicación corporativa de la UE debe de ayudar a periodistas y ciudadanos a “descodificar” Europa, su legislación, las políticas sobre el terreno y nuestros valores.
  • Para lograr una mejor comunicación es necesario un mejor producto: más transparencia y participación ciudadana en el proceso, proyectos comunes de verdadero impacto.
  • La transversalidad. Introducir la óptica europea en todos los medios, programas y formatos. Somos Europa; Europa es el aire que respiramos.
  • Hacer prevalecer el eje europeísmo/antieuropeísmo, frente al eje izquierda/derecha, que muchos dan por desaparecido.

Por Juan Cuesta, Team Europe y director de programas de EIC

 

 

 

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